miércoles, 10 de agosto de 2011

Los 8 brazos del yoga. YAMA, el 1er brazo.


El yoga es algo más que el desarrollo de asana o la práctica de kriyas, es un conjunto de muchas cosas que actúan de forma integral y a la vez simultaneamente, es pues una filosofia de vida, que nos acercan a la unión con nuestro ser, y la unión con el universo.
En el siglo II a.C. Patañjali desarrolló lo que se conoce como los ocho brazos del yoga:
1. Yama
2.Niyama 
3. Asana
7. Dhyana
8. Samadhi.

Los desarrolló con el propósito de retirar el velo que nos impide ver los planos más profundos de nuestro ser, que no es otro que el objetivo del yoga.
Estos ocho brazos no siguen una secuencia; en realidad deben concebirse como diferentes entradas que conducen hacia una percepción expandida del ser, a través de ciertas interpretaciones decisiones y experiencias que nos recuerdan nuestra naturaleza esencial.
Se trata pues de los componentes del Raja, el camino soberano hacia la unión.


Esta primera entrada la dedicaremos al primer brazo:
EL YAMA.
La palabra yama se traduce comúnmente como las normas del comportamiento social; son las pautas universales para relacionarnos con los demás. La descripción tradicional de los yamas es la siguiente:
1. Practicar la no violencia. AHIMSA
2. Hablar con la verdad. SATYA
3. Ejercer una gestión adecuada del instinto sexual. BRAHMACHARYA
4. Ser honestos. - ATEYA
5. Ser generosos. APARIGRAHA
Todas las tradiciones espirituales y religiosas exhortan las personas a vivir bajo determinados principios éticos. El yoga coincide en esto, pero también considera que es difícil vivir en perfecta armonía con el entorno desde el plano de la moral, es decir, a partir de una serie de normas prescritas sobre lo que debe y no debe hacerse. Patanjali describe los yamas como la evolución espontánea del comportamiento de un ser de vibración alta (o en camino a la iluminación).
Cuando reconocemos que nuestra individualidad está íntimamente ligada con el tejido de la vida —que somos un hilo de ese tejido—, perdemos la capacidad para actuar de una manera que pueda perjudicarnos a nosotros mismos o a los demás.
Gracias a esto, obedecemos espontáneamente a las normas de conducta social, porque nos comportamos desde el plano del correcto proceder. Este estado de comportamiento acorde con la ley natural se denomina Kriya Shakti.
Al actuar desde el nivel del alma no se producen consecuencias personales pues no se genera ninguna resistencia. Al referirse a este estado, «todo fluye» o de estar presente aquí y ahora.
Cuando actuamos desde este nivel del alma somos incapaces de ejercer la violencia porque todo nuestro ser se afianza en la paz. Ésa es la esencia del primer yama, conocido en sánscrito como AHIMSA. En él no hay pensamientos violentos, ni actos violentos; no hay espacio para la violencia porque el corazón y la mente están llenos de de amor y compasión por la condición humana, aunque a lo largo de los años la hayamos olvidado.
Si sientes o tienes violencia latente, reaccionas en la vida con violencia y estrés, por eso cuando odias menos eres más incosciente de lo imperfecto que eres (pero ahora te das cuenta por lo menos, no como antes), y vas siendo más humilde y sobre todo más feliz.
Mahatma Gandhi fue al gran defensor del principio de la no violencia. El decía que: «Si expresamos el amor de tal manera que quede grabado para siempre en aquél que supuestamente es nuestro enemigo, éste no tendrá más opción que devolver ese amor... y ello exige mucho más arrojo que el que necesita para atacar».
El segundo yama se refiere a la veracidad o SATYA. Es decir no mentir a los demás, pero sobre todo “no mentirse a uno mismo”, que es algo difícil de conseguir, pero que cuanto más cerca estés de ese estado, más en paz te sientes contigo mismo.
En esta sociedad intentamos aparentar lo que no somos, participamos en mentiras, hablamos de lo que no conocemos por nuestra soberbia, etc.
La veracidad emana de un estado del ser en el cual somos capaces distinguir la diferencia entre lo que observamos y lo que interpretamos; aceptamos el mundo tal como es, pues sabemos que la realidad es un acto selectivo es una acto selectivo de atención e interpretación.
Al reconocer que cada persona ve la verdad de una manera diferente, nos comprometemos con comprometemos con decisiones que favorecen la vida y que están en armonía con una visión amplia del ser. Patanjali describió la verdad como la integridad de pensamiento, palabra y obra; hablamos con la bondad y somos honestos de manera innata porque la veracidad es una manifestación de nuestro compromiso con la vida espiritual. La amargura que sentimos al traicionar nuestra integridad supera de lejos los beneficios efímeros que obtenemos al distorsionar la verdad; nos damos cuenta de que, en el fondo, la verdad, el amor y Dios son expresiones diferentes de la misma realidad indiferenciada.
BRAHMACHARYA, el tercer yama suele traducirse como celibato, pero, en nuestra opinión, ésta es una interpretación estrecha del término. La palabra se deriva de achara que significa «camino» y brahman que significa «conciencia de la unidad».
Actualmente este yama lo traduciríamos como no adicción al sexo ni a nada, que es lo que nos dice yoga: “no te apegues a nada, aunque disfruta de las cosas”.
En la sociedad védica, las personas tradicionalmente optaban por uno de dos caminos hacia la iluminación —el camino del hogar, o el camino de la renuncia—. Para quienes elegían el camino monacal, el sendero hacia la conciencia de la unidad incluía, de manera evidente, el abandono de la actividad sexual. Pero para la gran mayoría de las personas que optaba por el camino del hogar, brahmacharya significaba regocijarse en una expresión sana de la energía sexual. Una interpretación de la palabra charya es «pastar», lo cual sugiere que brahmacharya significa participar de lo sagrado en medio de las ocupaciones de la vida cotidiana.
Brahmacharya significa entrar en concordancia con la energía creadora del cosmos. En última instancia, cuando el alma establece una relación de amor con el cosmos, la necesidad de expresar nuestra sexualidad puede ser reemplazada por una expresión más amplia del amor.
El cuarto yama, ATEYA o la honestidad, significa renunciar a la idea de que la seguridad y la felicidad radican en las cosas externas. Asteya significa afianzarse en un estado de desapego.
Debemos observar cuáles son nuestras necesidades reales para vivir. Una cosa es lo que queremos y otra lo que necesitamos.
La honestidad suele ser producto del temor a perder algo (dinero, amor, posición, poder). La posibilidad de vivir honestamente emana de una conexión profunda con el espíritu; es cuando alcanzamos un estado interior de plenitud, y desaparece la necesidad de manipular, de velar y de engañar.
La honestidad es el estado intrínseco en el que se vive como una persona íntegra. Según el yoga, los comportamientos que favorecen la vida y conducen a la evolución son la consecuencia natural de un estado expandido de la conciencia.
El quinto yama, APARIGRAHA o la generosidad, resulta del cambio en el punto interno de referencia, cuando este pasa del ego espíritu. El yogui sabe que su naturaleza esencial y es por ello que expresa su generosidad espontáneamente en todos sus pensamientos, sus palabras y sus actos.
La conciencia limitada refuerza las limitaciones; la conciencia expandida genera, y nos hace conscientes de la abundancia.
La presión, estrés y ansiedad, es lo contrario a todo esto; queremos controlarlo todo. Este yama es ser humildes con nosotros mismos primero y luego con los demás.
Implica la ausencia de aversión. Desaparece el ansia de acumular posesiones materiales. Esto no quiere decir que no disfrutemos del mundo material, sino que no nos dejamos esclavizar por él.
Es decir a través de la práctica del yoga se cultiva la expansión de la conciencia, y gracias a ella se despierta en nosotros la generosidad, porque la naturaleza misma es generosa.